Sample Chapter: Tufi: El Osito Musical

Tufi: El Osito Musical

Capítulo 1

Era sábado por la tarde y la casa estaba demasiado tranquila. Eso solo significaba una cosa: los hermanos estaban tramando algo.

Javi y Felipe, de doce y nueve años, llevaban una hora tirados en el piso, rodeados de dominós. Los habían acomodado en espirales que daban vueltas como un remolino y curvas que subían y bajaban como una montaña rusa.

Neo, el gato negro de la casa, los observaba desde el pie de la escalera. No se movía. Solo miraba. Como cuando sabe que algo está por pasar.

—Si los ponemos exactamente a esta distancia —decía Javi concentrado—, deberían caer todos en cadena. Mira, empiezan aquí abajo y terminan allá arriba de la rampa.

Felipe observó la famosa rampa con desconfianza.

—¿Y qué va a decir papá cuando vea que desarmaste su mesita para el notebook?

—Es investigación científica —respondió Javi muy serio—. Para inventar algo nuevo, primero hay que entender cómo funcionan las cosas.

En las últimas semanas, sus investigaciones habían dejado sin vida al control remoto, la aspiradora y, para horror de toda la familia, la cafetera nueva importada de Italia.

Neo movió la cola. Como diciendo “apúrense”.

Papá había salido hacía veinte minutos, tarareando esa canción de los Beatles que tanto le gustaba. Llevaba puesta su polera vieja de Los Prisioneros, esa que no se la prestaba a nadie. Pero justo antes de irse, había hecho algo curioso: empezó a tararear solo la parte del bajo —esas notas profundas que suenan por debajo de la melodía— mientras sus dedos pulsaban cuerdas invisibles.

—Vuelvo en un rato —había dicho desde la puerta—. Nada de experimentos peligrosos. Y Javi, por favor, hoy no desarmes nada que necesitemos usar.

De pronto, Neo levantó la cabeza y sus orejas se movieron como radares. Desde la escalera, miraba fijo hacia el segundo piso, donde estaba la pieza de los cachureos —así le llamaba la familia a la habitación donde guardaban las cajas viejas, las maletas y los adornos navideños—.

—¡MIAU!

El maullido fue tan fuerte que los hermanos saltaron del susto. Felipe cayó hacia atrás. Su pie izquierdo rozó un dominó, y como fichas del destino, cayeron todos. Una hora de trabajo, destruida en segundos.

—¡Neo! —se quejó Felipe mirando el desastre—. ¡Eres un gato destructor!

Pero Neo no le hizo caso. Soltó otro maullido, aún más fuerte, y puso una pata en el primer escalón. Luego los miró, esperando.

—¿Qué le pasa? —preguntó Javi—. Nunca sube las escaleras.

—¡MIAU! —Otro maullido, casi como una orden. Neo subió otro escalón.

Los hermanos se miraron. Conocían bien a su gato. No era normal. Mientras otros gatos perseguían lucecitas de láser, Neo resolvía rompecabezas. Mientras otros dormían, él miraba Cat TV en YouTube —esos videos de pájaros para gatos— con total concentración.

—¿Habrá un ratón allá arriba? —sugirió Felipe.

—O quizás está aburrido —dijo Javi, que ya se estaba levantando para ir a investigar. La curiosidad siempre podía más.

El gato subió la escalera despacio, parando cada dos escalones para asegurarse de que los hermanos lo seguían. Mientras subían, un sonido empezó a escucharse desde arriba.

—¿Qué suena, Felipe? Parece música —susurró Javi.

—¿Quién pondría música en la pieza de los cachureos?

A medida que se acercaban a la puerta de la habitación, la melodía se hacía más clara.

“Hey Jude, don’t be afraid…”

Felipe se detuvo.

—Espera… ¡Es la misma canción que estaba tarareando papá!

Neo estaba sentado frente a la puerta de la pieza de los cachureos. Quieto. Los miró, luego miró la manilla, y después los volvió a mirar a ellos.

—¿Cómo puede haber música allí adentro? No hay nadie en casa —dijo Javi en voz baja—. Y no tenemos una radio en esta pieza.

—No. Solo cajas viejas y adornos de Navidad —confirmó Felipe—. Lo sé porque hice un inventario el año pasado.

La música seguía sonando a través de la puerta.

Javi extendió la mano hacia la manilla, temblando un poco.

—Tal vez deberíamos esperar…

—No seas tonto —dijo Felipe, apartándolo—. Tiene que haber una explicación.

Abrió la puerta. Esta crujió, soltando polvo y dejando salir la música en forma clara. La pieza de cachureos era una habitación amplia, iluminada apenas por una ventana al fondo que dejaba entrar un rayo de sol. A ambos lados se apilaban cajas de cartón con etiquetas desteñidas: “Navidad”, “Ropa vieja”, “Juguetes”. Había maletas antiguas cubiertas de polvo, una bicicleta sin ruedas recostada contra la pared, y en un rincón, el árbol artificial de Navidad asomaba de una caja abierta. Las motitas de polvo brillaban en la luz, flotando como pequeñas estrellas.

Javi y Felipe descubren a Tufi y a Neo en el ático
Javi, Felipe, Neo y Tufi

Y ahí, en medio del piso, justo bajo el rayo de sol, había un osito de peluche desteñido.

—No veo nada. Debe haber una radio escondida —dijo Felipe, mirando por todos lados.

Pero no encontró nada. Ni radio, ni teléfono, ni parlante. Sin embargo, “Hey Jude” seguía sonando del aire mismo.

Neo caminó directo al osito y lo olfateó cuidadosamente. Era un oso viejo, de color café gastado, con una corbatita roja y ojos de botón que brillaban.

—Esto es muy raro —susurró Javi—. Mejor vámonos.

De repente, la música paró de golpe. Silencio total.

En ese silencio, escucharon a Neo ronronear. Su ronroneo especial, el que usaba solo para sus comidas favoritas. Estaba frotándose contra el osito como si fuera un viejo amigo.

El brazo del oso se movió.

—¿Viste eso? —preguntó Felipe.

El otro brazo también se movió. Después, la cabeza giró despacio hacia el gato.

—Buenas tardes —dijo una voz que hizo gritar a los hermanos.

—¡AAAHHH!

Felipe tropezó con Javi, quien se agarró de la puerta con todas sus fuerzas. El osito —que definitivamente no debería moverse— se sentó tranquilamente.

—¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?! —gritó Felipe.

—¡SE MUEVE! ¡EL OSO SE MUEVE! —Javi casi no podía hablar.

El oso se arregló la corbatita mientras los niños estaban pegados a la puerta, listos para correr.

—Gracias por traerlos, amigo —le dijo el oso al gato con voz rasposa pero amable.

Neo maulló como respondiendo.

Felipe estaba pálido mientras Javi abría y cerraba la boca sin poder hablar.

El oso los miró con sus ojitos de botón.

—No se asusten tanto. Si quisiera hacerles daño, ¿creen que me presentaría con los Beatles?

—Tú… pero… los osos no… —Javi balbuceaba.

—Hablo, sí. Ya sé que es raro —dijo el oso con calma.

—¿RARO? —Felipe casi gritó—. ¡Que llueva hacia arriba sería raro! ¡Que el gato hable sería raro! ¡LOS OSOS DE PELUCHE NO HABLAN!

—Y, sin embargo —el oso abrió sus bracitos— aquí estamos.

—Es un sueño —dijo Felipe—. Tiene que ser un sueño.

—Me llamo Tufi —dijo el oso, haciendo una pequeña reverencia—. Soy el guardián de las memorias musicales. Hace mucho tiempo era un osito normal. Pero una noche, cuando una niña me cantó llorando, algo mágico pasó. Absorbí todo ese amor y esa música. Ahora recuerdo cada canción que alguien ha amado de verdad. Y antes de que salgan corriendo, piensen: ¿Neo alguna vez los ha metido en problemas?

Los hermanos miraron al gato, que ahora estaba echado, completamente relajado.

—Los gatos ven cosas que nosotros no —explicó Tufi—. Por eso Neo escuchó mi llamado.

—Esto es una locura —susurró Felipe.

—Una locura —concordó Javi, pero no pudo evitar preguntar—: ¿Cómo puedes hacer esto?

Tufi se puso de pie. Apenas llegaba a sus rodillas.

—He esperado mucho para mostrarle a alguien la magia que poseo. Y ustedes tienen la edad perfecta.

—¿Para qué?

Los ojos de Tufi brillaron.

—Para entender que la música no es solo sonido. Es una máquina del tiempo. Es memoria. Es magia.

El osito empezó a caminar hacia una pared que estaba cubierta con una cortina vieja.

—Vengan, niños. Les voy a mostrar algo increíble.

—Espera —dijo Felipe—. ¿Por qué deberíamos confiar en ti?

—No tienen por qué hacerlo —dijo Tufi—. Pero si Neo confía en mí, es una buena señal.

Los hermanos miraron al gato, que se lamía la pata tranquilamente.

—Una vez Neo me ayudó a encontrar dinero debajo del sofá —admitió Javi.

—Y hace una semana me despertó para ir al colegio cuando falló mi alarma —agregó Felipe.

—¿Entonces? —Tufi tomó la cortina—. ¿Están listos?

A pesar de todo —el oso parlante, la música fantasma, lo imposible de la situación— los hermanos dieron un paso adelante. Porque cuando tienes doce y nueve años y un oso mágico te ofrece secretos, hay que ver qué pasa.

Tufi corrió la cortina, revelando una puerta donde debería haber una muralla.

—¡Imposible! —Felipe apenas podía hablar—. Conozco cada centímetro de este lugar. Esa es la pared exterior. ¡No hay nada detrás!

—¿No? —dijo Tufi.

La puerta era de madera oscura con una manilla en forma de nota musical.

—Las puertas no aparecen así —dijo Javi retrocediendo.

—¿Están seguros? —preguntó Tufi—. ¿Han mirado bien? ¿O solo ven lo que esperan?

—¡Es imposible! ¡Detrás de esa pared está la calle! —dijo Felipe.

—¿Ah sí? —Tufi giró la manilla.

La puerta se abrió, mostrando no la calle, sino una habitación imposible.

—No, no, no puede ser —repetía Felipe.

Pero Javi ya había dado un paso adelante.

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